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El verdadero propósito de ser padres (e hijos)

Decidir tener hijos es probablemente una de las decisiones más importantes que puede tomar una persona. Este deseo suele estar impulsado por las ganas de amar, educar y ver crecer un ser vivo que formará parte de la existencia de un individuo para toda la vida. La responsabilidad que conlleva es enorme: educación, cuidado y protección, estabilidad económica...Hay que ser conscientes de que habrán altibajos, aunque los momentos de felicidad seguro que compensarán las situaciones difíciles.

A menudo los padres están tan ocupados en cuidar, educar y ofrecerles lo mejor a sus hijos, que se olvidan de su propio aprendizaje. Y es que ser padre ofrece la posibilidad de conocimiento y aprendizaje constantes.

Algunos de los errores más comunes que cometen los padres (mayormente sin ser conscientes de ello):

Pensar que a un hijo sólo hay que ofrecerle una buena educación y bienes materiales. Uno de los mayores anhelos de los niños es sentirse amados incondicionalmente. Desean recibir muestras de afecto a lo largo de toda su vida, y no sólo cuando los padres están de buen humor o cuando creen que su hijo se lo merece por haberse portado bien. La carencia de cariño en la infancia y adolescencia, a la larga puede desencadenar problemas de autoestima, incluso llegando a afectar las relaciones personales durante la edad adulta. Es importante impulsar a los hijos a cultivar su amor propio desde muy temprana edad.

Ignorar o rechazar toda opinión proveniente de los hijos. Es más habitual de lo que pensamos, muchos niños reciben una educación dominante en la que no se tiene en cuenta su criterio. Pensar que los padres siempre tienen la razón en todo e imponer sus ideas constantemente, no es lo más adecuado. Toda persona necesita sentirse escuchada y respetada, independientemente de tener razón o no. Por ello es importante aprender a escuchar a los hijos, poder negociar ciertas decisiones e implantar las restricciones o libertades necesarias en cada caso.

Discutir con la pareja frente a los hijos. Lo último que quiere un niño es ver discutir a sus padres. Es aconsejable tratar en privado los conflictos de pareja. Los padres deben dar ejemplo de educación y respeto, comunicándose entre ellos de forma asertiva sin dejarse llevar por el nerviosismo del momento.

Volcar el mal humor en los hijos. Los problemas del trabajo y otras preocupaciones no deben dañar el tiempo que se dedica a los hijos. Un mal día lo puede tener cualquiera, pero no hay que dejar que eso afecte a las relaciones con los demás, y menos aún con niños debido a su vulnerabilidad.

Estas son algunas de las equivocaciones más comunes que cometen muchos padres aún hoy en día, de las que no son conscientes y por ello siguen repitiendo a lo largo de los años. Y es que tener hijos es un aprendizaje constante que dura toda la vida. Por desgracia nadie nace enseñado, y ser padre es una gran responsabilidad que ofrece la oportunidad de evolucionar en todos los aspectos de un ser humano.

Los padres suelen ser almas nuevas y los hijos almas viejas, por lo que unos y otros se necesitan para su evolución. 

La evolución de la especie es lo natural

Desde pequeños en la escuela aprendemos a obedecer a profesores, padres y a cualquier otra persona de autoridad. Nos inculcan y así lo creemos, que ellos siempre están en lo cierto y que debemos obedecerles ciegamente sin antes cuestionarnos si estamos de acuerdo o no. A veces también nos percatamos de que aunque protestemos ante una injusticia, nuestra opinión no es escuchada ni tomada en cuenta. Todas estas experiencias a la larga pueden llegar a generarnos sentimientos de frustración, impotencia o ira, permaneciendo en nuestro interior si no las aprendemos a canalizar adecuadamente. Durante la adolescencia suele ser cuando empezamos a rebelarnos y a mostrar con más fuerza esa disconformidad con todo lo que se nos ha ido imponiendo desde pequeños.
La sociedad, la escuela o la familia imponen leyes, normas y obligaciones, la mayoría de veces con la intención del bien común, como forma de control y establecer un orden. Pero lo cierto es que se dictan muchas reglas sin sentido lógico y que deberían aplicarse dependiendo de cada situación, persona o momento en cuestión.
Los adultos tendemos a juzgar rápidamente a los jóvenes que desobedecen estas órdenes o incumplen leyes y normas establecidas por la sociedad. Observamos sus actos y rebeldías, condenándolos y castigándolos de inmediato. No nos paramos ni a reflexionar ni mirar más allá, para tratar analizar cuál es su verdadera causa de ese aparente "desorden". Algunos jóvenes se encuentran perdidos en una sociedad que sienten que no les comprende, que no los escucha, que los ignora. De manera consciente o inconsciente tratan de evadirse de su alrededor consumiendo drogas, alcohol o no respetando lo social y éticamente establecido. Mientras que el resto de "buenos" ciudadanos seguimos sin ver el motivo real que hay detrás de esas actitudes. Quizás sean sólo formas de llamar la atención, de escapar de una sociedad que nos oprime en cierta medida y que no comprende las necesidades intrínsecas de cada persona.
Si en lugar de solamente juzgar y castigar, nos tomamos un tiempo para analizar y mirar un poco más allá seguramente seríamos capaces de ayudarles muchísimo más. Puede que descubramos que detrás de cada rebeldía se esconde una profunda confusión, disconformidad con las leyes establecidas, ganas de expresarse y de ser uno mismo, necesidad de libertad...Nuestra ayuda puede ser de utilidad para darles ese impulso de cambio y mejora que a veces necesitan. Puede ser necesario el trabajo de educadores sociales, psicólogos o terapeutas para guiarles en su proceso de cambio, ayudándoles a encauzar todo resentimiento, ira o frustración hacia otro aspecto constructivo y positivo para ellos mismos y su entorno.
Seguramente cada uno de estos jóvenes puede aportar al mundo mucho más de lo que nos parece. Sólo hay que acompañarles en su camino, para que finalmente el alumno pueda superar al maestro. 

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